Posteado por: 태환 en: 7 julio 2009
Hace días que no salgo de aquí. Mamá no quiere que salga. Todo se ha vuelto peligroso. Al parecer teme por mi seguridad. Han empezado a desaparecer niños. Yo quiero salir, ayudarla, pero mi hermano está todo el día vigilándome.
Hace días que no salgo de aquí. Mamá no quiere que salga. Oigo constantemente explosiones, gritos, que no me dejan vivir, que me hacen llorar. Mi hermano me abraza todos los días, como si quisiese protegerme con su cuerpo. No sé qué sucede.
Hace días que no salgo de aquí, un pequeño sótano. Estamos en guerra, lo sé por mi padre, es militar, no ha vuelto desde que la declararon. Según mama son unos monstruos. No son humanos, son seres feos que llegaron destruyéndolo todo. Mi papá lucha contra ellos. Nunca los he visto, mi mamá no quiere. Necesito salir de este sótano.
Mi hermano se ha quedado dormido, no ha podido aguantar más, llevaba días enteros sin dormir. Mi madre tampoco está. Extrañamente no oigo nada, esta todo en silencio. Camino hacia la salida del sótano, una pequeña trampilla en el techo, al otro lado de ella está el salón de mi casa. Hago fuerza para bajarla, está atascada, vuelvo a intentarlo con todas mis fuerzas. Cedió. Intento subir sin hacer ruido. Si mi hermano se despierta me regañará.
Noto como las venas se hielan y mis ojos se cierran. Es horrible. Solo quedaban en pie pequeñas partes de muro, de los que salen millones de cables calcinados. Parece un terremoto, pero yo sé que no lo es. Es la guerra.
Desde mi punto no puedo ver nada más, el polvo me ciega, me hace toser repetidamente. Mi casa no es la única destruida, toda la ciudad esta así. Sepultada en polvo y roca, destruida por el silencio. El viento transporta quejidos y lamentos, no entiendo lo que dicen. Avanzo sin mirar atrás, con pasos inestables, tengo miedo, daría lo que fuese por volver al sótano, pero no puedo, mis pies caminan solos, curiosos de lo que los rodea.
Nada más salir encuentro varias personas tumbadas en el suelo. Me auto convenzo, solo están durmiendo. Un paso, solo duermen. Dos pasos, solo duermen. No me atrevo a tocarlos, ni siquiera los veo, escondo mi mirada.
Llego al final de la calle donde vivía, o al menos donde antes se localizaba mi casa. Consigo oír varias voces. No son murmullos, son las voces de varios militares. Corro hacia ellos, creo que uno de ellos es mi padre. Corro con todas mis fuerzas, mirando al frente, sin torcer mi vista, sabía perfectamente que la calle estaba llena de cuerpos, cuerpos sin vida que pedían a gritos una explicación por el ocaso repentino de sus vidas.
Un temblor cobra vida bajo mis pies. Los militares se han dado cuenta de que estoy ahí. Me gritan cosas, pero no los oigo por culpa del temblor. Intentó mantenerme de pie, agarrado en un tímido muro, de los pocos que se alzan verticales al suelo. Al final entendí lo que me dicen, quieren que corra en dirección opuesta. Han desenfundado sus armas. Creo que los enemigos han vuelto. Obedezco sin protestar, rompiendo mis zapatos al correr por encima de escombros y piedras enormes.
El temblor cada vez se hace más fuerte, no hay duda, se están acercando. En ese momento quise encontrar a mi padre. Él era militar. Él, al igual que estos, hará frente a los enemigos poniendo su vida en peligro. Yo en cambio corro en dirección opuesta.
Soy tan patético que en una misión tan fácil como “huir” caigo. Para mi desgracia tropiezo con un cadáver cayendo ruidosamente contra el piso. Mis lágrimas brotan solas, fluyen sin parar, al igual que la sangre que ha empezado a salir de la herida.
Vuelvo a moverme, veloz, sin importar las heridas o las lagrimas. Pero no soy yo el que corre. Alguien me ha visto caer y se ha acercado a mí, llevándome a caballito, huyendo ambos del peligro. Mis lágrimas se apagan cuando descubren quien es el samaritano que me ayuda. Es mi hermano. Cierro los ojos, me dejó caer sobre su espalda. La herida me duele y cuando se roza con mi pantalón escuece.
La velocidad de mi hermano aumenta cuando se empiezan a oír disparos en nuestra espalda. Mi hermano sigue corriendo, él es muy valiente. Si hubiese sido yo ya me hubiese parado presa del miedo.
Evadiendo los comentarios de mi hermano, volteo, mi curiosidad posee mi cuerpo, necesito ver que es lo que nos ataca, lo que ha destruido toda la ciudad de Seúl. Eran Horribles. Pero aun así mis ojos no se apartan de ellos, no se creen lo que captaban. Esos seres tienen la palabra “asesinar” escrita en la mirada.
Mi hermano grita, me dice una y otra vez que no los vea, pero yo no puedo dejar de mirarlos. Uno de aquellos seres se ha fijado en mí, me sostiene la miraba, es como un scanner que me recorre de arriba abajo.
Se mantienen erguidos a dos patas, al igual que un humano, pero no lo son. Una gran capa negra los aísla del mundo. Solo sobresale de ella unas extremidades azules escamadas, una especie de cola, larga y puntiaguda, con las mismas características que sus extremidades, y unos ojos rojos, del mismo tono que la sangre de sus víctimas. Nos siguen.
Cada vez están más cerca, ya soy capaz de oler su pestilente aliento. Cuando ya estaban a pocos metros, una gran explosión los derribó. Mi hermano y yo salimos despedidos por el aire, chocando contra las rocas. Al otro lado de la calle hay un gran tanque, de los nuestros, rodeado por un enorme pelotón de soldados aliados. Son la resistencia de la ciudad. Pero ¿Qué produjo la explosión?. Si hubiese sido el tanque, también nos pudo haber dañado a nosotros.
Cuando se despejó el humo vi lo que la produjo, pero antes de que pudiera atar cabos, mi hermano me cerró los ojos y deposito un cálido beso en mi frente. “Huye” me dice repetidamente “Huye, por favor. Yo ya no puedo, debo quedarme aquí. Cuando esto acabe te buscaré”. Mi hermano me abandona ahí, en aquel lecho de escombros de polvo, y sale corriendo hacia el tanque militar, no me había dado cuenta, pero mi hermano llevaba aquel uniforme desde el principio, el mismo que mi padre llevaba, el mismo que aquellos soldados que murieron mientras yo escapaba.
Me levanto lo más rápido que puedo y nuevamente me pongo a correr, abandonando la realidad, abandonando las explosiones, abandonando los gritos que se producen en el campo de batalla. Me meto en un callejón, pero no hay salida. Cuando me di la vuelta, me encuentro con un hombre que parece un doctor, escoltado por dos militares. Me toma de la mano y me arrastra hasta una camioneta blanca. Forcejeo con ellos, no quiero entrar. Pero son más fuertes…
Mamá no quiere que salga. Todo se ha vuelto peligroso. Al parecer teme por mi seguridad. Han empezado a desaparecer niños.
Posteado por: 태환 en: 7 julio 2009
“A veces el destino es como una tormenta de arena que se mueve sin cesar. Solo podemos esperar a que llege a nosotros, cargado de su fatilidad, y cruzarla sin vacilar ni un momento”